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Y sonrió satisfecho

 

Había una vez, en la hermosa playa de Manzanillo, un grupo de pescadores que se levantaba cada mañana al son de las olas. Sus barcos, pintados con los colores del mar azul y verde esmeralda, esperaban pacientemente en la orilla, listos para zarpar en busca de su sustento diario.

Entre ellos se encontraba Martín, un pescador de corazón humilde y sencillo. Martín conocía cada rincón de aquellas aguas, sabía dónde encontrar los mejores peces y siempre regresaba a casa con una buena pesca para su familia. Pero Martín no solo era hábil en la pesca; también tenía un profundo amor por el mar y una conexión especial con él.

Una mañana, mientras se preparaba para salir a pescar, Martín observó por la ventana de su modesta casa la inmensidad del cielo claro azulado. Las piedritas de todos los tamaños en la playa brillaban bajo el sol matutino, creando un espectáculo de colores y texturas. Se sintió inspirado por la belleza que lo rodeaba y decidió tomarse un momento para sí mismo antes de partir.

Se sentó frente a la ventana, cerró los ojos y respiró profundamente el aire marino. Dejó que su mente se despejara, liberándose de preocupaciones y pensamientos. En ese estado de calma, Martín comprendió el valor de la piedad hacia uno mismo, de retirarse temporalmente del mundo exterior para simplemente ser y estar en armonía con el entorno.

Mientras meditaba, recordó una antigua enseñanza que había escuchado sobre la formación mental y la necesidad de abandonar ideas preconcebidas para permitir la entrada de nuevas ideas. Recordó el principio cabalístico de “dissolve et coagula”, que implicaba rezar y meditar para recibir una nueva mentalidad o renovar la existente.

Con esta nueva perspectiva, Martín se sintió renovado y listo para enfrentar el día. Abrió los ojos y se levantó con determinación. Salió de su casa, se dirigió hacia su barco y se unió a sus compañeros pescadores. Juntos, zarparon hacia el mar, navegando en medio de la vastedad del océano y la claridad del cielo.

Durante horas, trabajaron en equipo, utilizando sus habilidades y conocimientos para capturar los mejores peces. La jornada fue exitosa, y al regresar a la playa al atardecer, los barcos estaban repletos de pesca fresca.

Martín sonrió satisfecho, agradeciendo al mar por su generosidad y reflexionando sobre la importancia de tomarse momentos de paz y claridad mental. Comprendió que, al cuidar de su interior, también estaba fortaleciendo su capacidad para enfrentar los desafíos externos.

Y así, entre el vaivén de las olas y el brillo del sol sobre el mar, Martín y sus compañeros encontraron la verdadera riqueza en la sencillez, la humildad y la conexión con la naturaleza que los rodeaba.

 

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