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Un presente eterno

 

 

El cielo se deslizaba lentamente hacia el atardecer, como si alguien lo estuviera pintando con tonos grises, naranjas y azules. La luz del día comenzaba a desvanecerse en la playa desierta, donde el susurro del mar se mezclaba con el crujido lejano de un bote, meciéndose suavemente en las olas. Las siluetas de las montañas se recortaban contra el horizonte, quietas, como testigos de un momento suspendido en el tiempo.

Un hombre observaba desde la orilla. Sus pies desnudos hundidos en la arena fría. El aire salado era como un abrazo ligero, y cada ola que se rompía en la playa llevaba consigo una sensación de calma profunda, de esas que solo los lugares alejados del bullicio pueden ofrecer.

El bote, pequeño y solitario, se balanceaba al compás de las olas, casi como si compartiera la misma paz que envolvía la escena. No había prisa, no había urgencia, solo el lento transcurrir del tiempo, inmóvil, eterno.

La luz naranja del sol en descenso se mezclaba con las sombras grises del cielo, proyectando un reflejo sobre el agua que parecía fuego, pero un fuego que no quemaba, un fuego que iluminaba suavemente todo lo que tocaba. El hombre respiró hondo. Era el incendio de un cuerpo, pensó, no de destrucción, sino de renovación, una purificación silenciosa. Como si las llamas invisibles del sol quemaran las preocupaciones, dejando solo la tranquilidad.

A lo lejos, el mar se extendía infinito, y el bote, cada vez más pequeño, se perdía en esa vastedad. El hombre, inmóvil en la playa, no pensaba en la juventud que había quedado atrás, en los días agitados o en los momentos de inquietud. No había nada que recordar, ni planes que hacer. Solo el presente, ese presente que parecía eterno, donde todo lo que importaba era el sonido del mar, el color del cielo y el vaivén del bote que seguía danzando en las olas.

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