Ella, con su kimono tradicional, observaba las plantas del altar con una atención casi sagrada. Sus manos reposaban suaves, como si sostuvieran algo invisible y frágil. Yo, a su lado, apenas respiraba.
“Esto es lo que importa”, pensé, sin necesidad de palabras.
No era solo el paisaje, ni el sonido del incienso que ardía lentamente, sino el tiempo mismo que parecía detenerse entre nosotros. En su mirada fija y en la quietud del momento, sentí lo que nunca podría explicarse en voz alta: esa forma de existir que se escapa cuando el mundo nos arrastra hacia la prisa.
Entonces lo entendí. Ahorrar energía para las cosas que no pueden comprarse con dinero —la paz de un instante, la belleza de una mirada que no exige nada a cambio— era la única inversión que realmente valía la pena.
Porque hay cosas que no se acumulan, solo se viven. Y allí, entre el olor del té y el silencio, me quedé a existir.