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La entrada al templo

 

La brisa llevaba consigo el olor a madera vieja y hojas secas. El camino al templo estaba cubierto de piedras irregulares, algunas desgastadas por el paso de los años, otras partidas como si un rayo las hubiese tocado. A un lado, las lámparas talladas en madera se alzaban como vigilantes silenciosos, sus formas rugosas dibujaban sombras caprichosas bajo la luz tenue del atardecer.

Había viento. No de ese que trae alivio, sino uno que parecía desenterrar memorias atrapadas en el polvo que cubría el suelo. Cada ráfaga levantaba pequeñas nubes que bailaban antes de asentarse de nuevo, como si también estuvieran buscando algo.

“¿Te acuerdas de cuando pediste un deseo?”

La voz de Amal me sacó de mi ensimismamiento. Estaba de pie junto a una de las lámparas, con los brazos cruzados y el rostro medio escondido en la sombra. Sus ojos brillaban con una intensidad que siempre había evitado mirar demasiado tiempo.

“Yo pido muchos deseos,” respondí.

Amal esbozó una sonrisa, esa sonrisa que era mitad burla y mitad algo que nunca pude descifrar. “¿Sabes? Siempre me he preguntado qué pediste aquella vez. La primera vez que vinimos aquí.”

“¿Y tú? ¿Qué crees que pedí?”

“Que volvería, que al final, de alguna manera, estaríamos juntos,” dijo, con una seguridad que casi me hizo creerlo.

El viento pareció detenerse por un instante, dejando caer el polvo al suelo como un telón que anunciaba el final de una obra. Miré hacia las lámparas, sus tallados aún intactos pese a los años, y recordé aquella tarde en la que todo parecía menos complicado.

“No,” dije finalmente, mi voz casi un susurro. “Pedí lo que siempre pido.”

Amal levantó una ceja, esperando.

“Pedí otro poema,” confesé.

Su risa fue suave, como si el viento la hubiese recogido antes de llegar a mí. “¿Un poema?”

“Sí, un poema,” respondí. “Algo que durara más que nosotros, más que este lugar. Algo que el viento no pudiera llevarse.”

Amal asintió, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a hundirse, tiñendo de naranja las hojas caídas. No dijo nada más, pero en su mirada parecía haber una respuesta que yo no alcanzaba a comprender.

El viento volvió, esta vez más suave, como si acariciara en lugar de arrebatar. Y mientras Amal se alejaba hacia el templo, yo me quedé allí, entre las lámparas y el polvo, pensando en el poema que aún no había escrito.

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