El cielo era de un azul tan profundo que parecía rozar lo eterno. Bajo su mirada infinita, las ramas secas de los árboles desnudos se alzaban como manos suplicantes, mientras que el verde de los pinos, siempre presente, ofrecía un contraste casi desvergonzado. Allí, entre las sombras de la pagoda, sentía el peso de las decisiones que nunca tomé.
Nunca me decido sobre qué debería poner en la tumba de mi padre. He estado aquí antes, muchas veces, y siempre regreso con las manos vacías. La pagoda se alza imponente frente a mí, construida de madera oscura, su figura escalonada parece contener las respuestas a preguntas que no me atrevo a formular.
Sé lo que él quiere. Lo supe desde la primera vez que vine aquí. Quiere sentirse amado, algo tan sencillo y al mismo tiempo tan dolorosamente complicado. Lo imagino de pie junto a mí, mirándome con esa mezcla de expectativa y decepción que siempre lo caracterizó.
Pero el amor que busca no es el que merece. Durante años, su ausencia se sintió más pesada que su presencia, y su silencio fue un eco que llenó cada rincón de nuestra casa. Su justicia, siempre implacable, se convirtió en el argumento que justificaba sus propias fallas. Y aun así, aquí estoy, en este lugar donde lo terrenal se encuentra con lo espiritual, buscando redención para él, pero sobre todo para mí.
Miro la pagoda, sus líneas suaves y precisas, el modo en que cada nivel parece sostener al siguiente. La gente dice que estas torres son símbolos de equilibrio, de la conexión entre el hombre y lo divino. Me pregunto si ese equilibrio es algo que puedo ofrecerle a mi padre, si puedo reconciliar lo que fue con lo que yo desearía que hubiera sido.
Las hojas secas crujen bajo mis pies mientras camino hacia la base de la pagoda. En mi mano llevo una pequeña piedra que recogí del sendero. No es un adorno elaborado ni una inscripción grandiosa, pero es algo que mi padre no hubiera entendido. Él creía en los gestos simples, aunque rara vez los practicara.
Dejo la piedra en la tumba, al lado de otras que he traído en visitas anteriores. Cada una representa algo que nunca le dije: una disculpa, una promesa, un adiós. Mientras me alejo, siento que la sombra de la pagoda me sigue, como un recordatorio de que la redención no se encuentra en grandes actos, sino en las pequeñas decisiones que tomamos para seguir adelante.
El viento sopla suavemente, moviendo las ramas secas y llevando consigo los murmullos de los árboles verdes. Tal vez no es lo que él esperaba, pero es lo que puedo dar. Y quizás, al final, eso sea suficiente.