En un rincón olvidado de Kioto, escondido entre callejuelas serpenteantes y cerezos que nunca florecen en sincronía, había una ochaya que nadie parecía encontrar a menos que estuviera destinado a hacerlo. Su nombre, Kage no Uta (“La canción de las sombras”), no figuraba en mapas ni guías turísticas, y quienes la conocían aseguraban que solo se revelaba a aquellos que la necesitaban, aunque no supieran por qué.
Takeshi, un hombre de mediana edad atrapado en la monotonía de su trabajo en una empresa de publicidad, llegó a Kage no Uta una noche lluviosa, cuando se perdió buscando un taxi. La puerta de madera corrediza, aparentemente cerrada, se deslizó silenciosamente al acercarse, como si lo estuviera esperando.
Dentro, la atmósfera era extraña y envolvente. La luz de las lámparas de papel no proyectaba sombras; el espacio parecía flotar en una calma suspendida. Allí lo recibió una mujer que no tenía edad: ni joven ni vieja, simplemente intemporal. No llevaba el maquillaje blanco característico de las geishas, pero su presencia era igual de hipnótica.
—Bienvenido —dijo con una voz que sonaba como el primer acorde de un shamisen.
Takeshi no entendía cómo había llegado allí ni por qué no cuestionaba nada. Antes de que pudiera pensar demasiado, fue conducido a una pequeña sala donde otras mujeres esperaban. No eran como las geishas que Takeshi había visto en documentales o fotos. No había elaborados kimonos ni peinados imposibles; ellas vestían con una simplicidad casi etérea. Sin embargo, cuando comenzaron a tocar música, a bailar, a recitar poesía, el aire mismo pareció transformarse.
Cada una dominaba un arte diferente, pero lo que las hacía únicas no era su técnica, sino la sensación de que lo que hacían no era para ser admirado, sino vivido. Una mujer tocó el koto mientras otra recitaba un poema en susurros, como si la música y las palabras fueran dos corrientes de un mismo río. Una tercera pintaba trazos de tinta en papel mientras bailaba, y Takeshi notó que los dibujos se desvanecían lentamente, como si el papel estuviera vivo y rechazara aferrarse a la memoria.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Takeshi, sintiéndose extraño al romper el silencio.
La mujer que lo había recibido sonrió levemente. —Somos las mujeres de arte, pero no del arte que perdura en los museos o los teatros. Nuestro arte es efímero, como la vida misma. Estamos aquí para recordarte lo que significa existir en el momento.
A lo largo de la noche, Takeshi fue sumergido en una experiencia que no podía describir. Una mujer le contó una historia sin palabras, usando solo gestos y miradas. Otra le sirvió té mientras le hablaba de constelaciones invisibles, las que solo aparecen en los sueños. Todo era real e irreal al mismo tiempo.
Cuando salió de Kage no Uta, el sol ya había salido. Takeshi miró atrás, pero la ochaya había desaparecido. En su lugar, solo quedaba un árbol de cerezos que, por primera vez en años, florecía fuera de temporada.
Esa mañana, Takeshi decidió dejar su trabajo y dedicarse a escribir. No sabía si alguna vez regresaría a Kage no Uta, pero entendía que el arte no era algo para poseer, sino para sentir, y que las pequeñas ideas, esas que apenas tienen forma, son las que dan sentido a la vida.
Desde entonces, cada historia que escribió tenía algo de esa noche: una sombra que baila, un poema que se desvanece, una constelación que solo se ve con los ojos cerrados.