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Pagodas

 

 

No son solo torres que rozan el cielo,
son poemas de madera escrita en alturas,
donde la gravedad y el espíritu negocian,
donde el tiempo encuentra refugio entre vigas y viento.

Cinco niveles cuentan los secretos del universo:
la tierra que sostiene nuestras raíces inciertas,
el agua que fluye y moldea lo inevitable,
el fuego que enciende cada suspiro perdido,
el viento que susurra lo que el silencio calla,
el cielo que abraza lo que no alcanzamos a entender.

En Japón, me detuve frente a ellas,
hipnotizado por su elegancia ancestral,
por su fragilidad que parecía eterna,
por su calma que desafiaba la prisa moderna.

Cada pagoda me habló sin palabras,
me recordó que el alma también tiene niveles,
que lo visible no es más que el vestigio
de lo invisible, que es todo.

No solo las miré, las sentí.
Cada paso alrededor de sus cimientos
fue un eco de preguntas sin respuesta,
un viaje entre lo que somos y lo que soñamos.

Quizá, pensé, la vida es una pagoda:
un intento de alzarnos hacia algo más alto,
construida de fragmentos de tierra, agua, fuego,
viento y cielo que nunca terminamos de entender.

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